A Jack le agradaba la idea de que los perros estuvieran ahí con él en la montaña, allá en la parte más alta donde estaban los pastizales, donde debían llevarse las ovejas para que se alimentaran en el verano: día a día, hora tras hora sin descanso. A él le parecía que esos bichos no tenían ningún otro entretenimiento en la vida que no fuera comer, y tal vez echar una tirada de vez en cuando.
Las ovejas no despertaban en él mayor simpatía, excepto por el hecho de que gracias a ellas, Aguirre lo había contratado, había podido ir a Brokeback Mountain y conocer a Ennis del Mar. Pero tampoco se le olvidaba, que ellas eran la razón por la que tenía que subir y pasar la noche en lo más alto, soportar el frío sin fogata, estar despierto casi toda la noche, viajando cuatro horas cada día para poder desayunar y cenar, y sobretodo, lejos del campamento donde estaba Ennis, quien se quedaba tan solo en el campamento como estaba él allí.
En ocasiones, esto lo hacía mirar las ovejas con rabia y ponerse de mal humor, sobretodo cuando se acordaba de los frijoles que lo estarían esperando para la cena otra vez, tal como había sido el día anterior, y el anterior a ese, y casi todos los días desde que llegaron a Brokeback. En estas ocasiones le entraban ganas de matar una de esas ovejas y comerla asada, llevándole una buena ración de carne a Ennis, quien de seguro también estaba cansado de comer lo mismo todos los días.
Pero con los perros era distinto, se había encariñado rápidamente con los dos cachorros que subieron con él a la cima de la montaña; eran perror bien cariñosos a pesar de que no eran mascotas, sino animales de pastoreo acostumbrados al trabajo duro. Uno de ellos se mostraba especialmente alegre cada vez que Jack regresaba del campamento, y cuando se acostaba en el suelo a dormitar un rato, con su sombrero en la cara, la cabeza apoyada en un tronco viejo y caído que hacía el papel de almohada, el perro se sentaba a su lado a vigilar su sueño, acercándose cada vez más como quien no quiere la cosa, hasta que un momento después, estaba durmiendo plácidamente con la cabeza en su pecho.
Jack al atardecer, se sentaba junto al perro con el rifle en el regazo, y mientras le acariciaba las orejas miraba el horizonte, deseando no sentirse tan solo, soñando con establecerse en algún lado, un lugar para él y para Ennis, en donde pudieran estar juntos sin problema alguno, haciendo las cosas que les gustan, mientras vivieran rodeados de perros, caballos, ¿y por qué no? Tal vez también de estúpidas ovejas, pero que fuera un lugar para los dos, donde Ennis quisiera estar con él tanto como él quería estar con Ennis… un lugar donde los azulejos cantaran y fluyeran manantiales de whisky, porque ¡qué diablos! Cada quien imagina el paraíso como le dé la gana.






